Llovías,
tu aroma envolvía,
y tu sabor,
de tan grato, infame,
tejía su grotesca permanencia vacía
Y crecía,
a la vez que tu voz, yo crecía
y maldito tiempo
que inexorable vencía.
No importaba,
tú ya gemías,
y todo lo demás no existía
Hoy,
tus lunas de fuego,
son llenas
sin visos de ser
lunas nuevas.
Jorge C. Merino

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