Primero tu sangre,
ebria, constelando en rojo
la cúpula celeste.
Después tu voz,
-o la luna- como eclipse
liberando al sol.
También tu piel -su fragancia-
enfocando luz marina
a la sombra de tu boca.
Y al fin la noche,
hermosa y nívea, anidando,
a pura raíz, en mi ser.
Jorge Merino

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