La tormenta
era sólo
a devolver.
El infinito naciendo
del matiz
de una palabra
certera.
Con la senda
de uno mismo
por mañana
necesario.
Y la sinfonía
del deseo de mi boca
clavándose
en tu mirada.
Atrás quedaron
la baldosas amarillas,
los Munchkins, Winkins
y Kansas, Totó.
Ahora el camino
es simplemente rojo,
y es mío.
Jorge Merino
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